Efraim Isaac, erudito bíblico, a la izquierda, conversa con Nigist Mengesha, director del Proyecto Nacional Etíope de Israel y con el estudiante rabínico Conservador Juan Mejía, durante la conferencia Be’jol Lashon --En cualquier Lengua-- en San Francisco, el pasado 4 de Mayo, 2008.) (tomado de www.torahtropical.com) |
(Dedicado al Rabino Juan Pablo Mejía).
Han pasado ya casi siete años desde aquel día de junio cuando en Cartagena, me convertí al judaísmo, siendo, pues, el primer miembro de mi familia en una cantidad no especificada de tiempo que vuelve a ponerse tefilin y a celebrar pesaj.
A lo largo de mis Blogs, que aun están por ahí dando vueltas en el ciberespacio, ha hablado de algunas peripecias de este periodo de mi vida. Y hace rato que no toco el tema. Pero, esta vez, me temo que hablare de un aspecto poco tocado.
Yo me enorgullezco, y mucho, de ser judío, así no vaya a la sinagoga. Considero que la relación entre D-os y yo es algo muy, pero que muy personal. Y ya me quite de la cabeza ese terrible complejo del converso-que-se-cree-mas-judío-que-los-judíos. Empezando, obviamente, porque aunque mucha gente quiera hacerlo pensar, no existen dos clases de judíos, el de “raza” y el “converso”. Judíos somos todos, y más cuando yo desciendo de sefarditas. Punto final de la película.
Punto final de la película en MI caso, al menos.
Yo no necesito ir a mendigar nada de nadie, mucho menos judeidad. Obviamente, para ciertos casos, como el de la denuncia contra Batman Camargo (en serio, el tío se llama así), me toca adjuntar mi certificado y explicar porque odio mi nombre “civil” y prefiero ser conocido por mi nombre hebreo. Esto, desde luego, lo he terminado entendiendo después de estar con ese matriz mental de “judío menos” que circunda a gente que conozco. Gente que ha ido de aquí para allá: de Satmar a Jabad, de Conservadores a ultra ortodoxos sin ser ni chicha ni limonada.
Y si, confieso que no es un lugar común eso de “ser judíos es para locos”. Es cierto, certísimo de toda certidumbre. Doquiera que voy la gente se extraña de que pueda compaginar el Judaísmo con la Anarquía. Mancha misma a veces me jode con el cuento de decir que soy un Sionista y me toca explicarle: soy sionista religiosamente, quiero ir a Jerusalén, quiero poder ver Eretz Israel y es en ese sentido que lo soy. El resto, esa especie de megalomanía de pureza y superioridad de la cual son tocados algunos judíos, no es para mí.
¿A dónde me lleva mi judaísmo? A ser activista anti taurino, por ejemplo. A creer que debemos ser éticos, otro ejemplo. ¿A dónde no me lleva? A ser lo que Mi amigo y mentor (si el me permite esa expresión) Juan Pablo Mejía llama “los marielitos”: a ir mendigando Aliyah en la embajada. Durante todo este tiempo solo he hecho una tentativa seria para “regularizar” mi status ante la agencia judía… pero eso duerme el sueño de los justos. Casi podría jurar que soy el único Converso en Colombia que no conoce la Embajada.
Y el punto es que yo no decidí tomar el judaísmo como mi religión y filosofía para que papa estado me de cositas, o para figurar en la 94 o en la 79, o para que me paguen 25.000 pesos por hacer minyan. No lo tome para hacer misionerismo, no lo tome para vestirme vistosamente y para aislarme del mundo. Soy judío porque es lo que quise ser y lo que soy, una dimensión privada e intima de mi mismo. Y creo que más de uno debería reflexionar sobre este particular. No deja de ser curioso que mientras menos judío aparente ser, mas judaísmo me ataca por “boca y nariz”.
¿A donde me lleva esto? A fe mía, no lo se. Pero es el camino que soy. Es la idea que sigo. Y son, como siempre digo en una frase muy irónica y sarcástica, “cosas de Dios”.
Al menos déjenme darles una garantía: cuando sepa bien de que va todo eso, les prometo explicárselo. ¿Va?








